viernes, 14 de febrero de 2014

Más reseñas.









La publicación de Estudios sobre la psicosis es buen momento para proponer unas breves consideraciones sobre el autor y el libro. A saber:



1)   El reconocimiento que hace Jose María Álvarez de sus maestros intelectuales: sean los conocidos personalmente en los años de formación, y aquí la referencia a Fernando Colina es inexcusable, como, de otra manera la de Vicente Palomera, sean aquellos cuyo conocimiento ha sido recibido a través de los libros: Freud y Lacan, però también Cicerón o Joyce por mencionar dos epígonos.

2)   La capacidad del autor para participar en la creación de un equipo de trabajo clínico en Valladolid, al amparo de cierta levedad institucional y con un estilo colectivo que trasciende las individualidades. Estilo que se reconoce en la manera de estar y de hacer con los pacientes.

   3)    La facilidad para transmitir un saber, un estilo y una clínica que toman por ejes el respeto a la subjetividad de cada paciente y los campos de interès de cada alumno. Pacientes y alumnos enseñan a los enseñantes y los efectos de enseñanza penetran capilarmente en la polis. Creación de núcleos interesados en el estudio del psicoanàlisis y de la clínica de las psicosis más una labor editorial precisa centrada en los clásicos de la psiquiatría son algunos de esos efectos.

4)    La claridad y profundidad en el uso de la lengua. El estilo de José María Álvarez trasluce el amor por la tradición, recoge una elaboración de generaciones. Lejos de las fórmulas estereotipadas y del lenguaje universitario, disfrutamos con frases que, sencillamente, fluyen.

   5)   El conocimiento exhaustivo de los clásicos. Sean los clásicos griegos y látinos o los clásicos de la psiquiatria del XIX y del XX. Y la capacidad para transmitir con claridad las conexiones entre épocas y temáticas aparentemente dispares.

6)   Partir de una posición ética: Ni todas las concepciones del mundo proponen las mismas consecuencias ni las distintas concepciones de la psicosis persiguen los mismos fines. Situarse del lado de la responsabilidad subjetiva o a merced de los amos del bienestar tiene consecuencias bien distintas.

   7)  Sobre las novedades de esta edición de los Estudios sobre las psicosis, reescrito en su práctica totalidad, queremos destacar tres capítulos completamente nuevos: Nuestra psicopatologia que tambien podríamos titular Pathos y Ethos: una articulación de Cicerón con Freud en torno al lenguaje como aquello que enferma y alivia. La locura para principiantes: Un recorrido con algunos locos ilustres: Rousseau, Schreber, Nietszche, Nash y una loca sabia, la paciente de Colina primero y Álvarez después. Todos ellos nos hablan de la locura, la maldad y el sujeto que decide.

  8)  Finalmente: Las locuras de Joyce y Lucia. Es un más allá en la obra de Álvarez. Desde Lacan los textos sobre Joyce en el campo psicoanalítico son abundantes,  acaso reiterativos. José María Álvarez abre una puerta, con sencillez y con decisión, y nos enseña, cuidadosamente, un nuevo campo sobre el que deberemos volver.


Al lector le espera una lectura fructífera y agradable; al autor ampliar las lindes del nuevo campo y mostrarnos las futuras cosechas que dispondremos con gusto en la mesa de trabajo.


Magne Fdez-Marban


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Otro enlace:

Puede leerse y descargarse la reseña que Ramón Echeverría escribió sobre Estudios sobre la psicosis y se publicó en Temas de Psicoanálisis.












domingo, 15 de diciembre de 2013

Reseña


 José María Álvarez, Estudios sobre la psicosis (edición reescrita y aumentada), Barcelona, Xoroi edicions, 2013, 441 págs.

José María Álvarez es uno de los más reconocidos especialistas en el ámbito de la psicopatología clásica y la historia de la psiquiatría. Es un autor internacionalmente valorado y respetado tanto por simpatizantes como por detractores, tanto por estudiantes como por investigadores y profesionales de la salud mental. Y no sólo eso, para cualquiera que quiera sumergirse en el conocimiento de la locura es una referencia más que obligatoria. Por este motivo, celebramos esta tercera edición —hecho insólito en nuestro medio— de sus ya clásicos Estudios sobre la psicosis.
Este libro, que originalmente surgió con el pretexto de recopilar una parte destacada de sus múltiples artículos dispersos en otras tantas revistas, cuenta para esta nueva edición con una rigurosa y concienzuda reescritura de los capítulos que los dota de un nuevo aire fresco, una mayor concreción y una sólida visión de conjunto. Así es, la reescritura le ha dado firmeza al texto. Asimismo, el libro se enriquece con tres nuevos trabajos que se añaden a la lista de textos imprescindibles y que dan cuenta de los intereses y preocupaciones actuales del autor.
Entre las nuevas incorporaciones, en primer lugar y abriendo el volumen, tenemos una auténtica declaración de intenciones y un esclarecimiento directo y conciso de la posición doctrinal, «Nuestra psicopatología». Incontestable compendio de principios de una psicopatología diferente, combativa y más del lado del loco que de la enfermedad. En segundo lugar, la reescritura de la espléndida conferencia que pronunciara en el Colegio de Médicos de Valladolid, donde da muestras ya desde el título mismo de un acentuado interés por la transmisión del conocimiento psicopatológico en palabras llanas, simples y claras, «La locura para principiantes». Finalmente, nos quitamos el sombrero para referir el estudio sobre Joyce y su hija Lucia. Es verdad que son muchos los autores, lacanianos principalmente, que han tratado la cuestión de la locura de Joyce desde que Lacan le dedicara un seminario y una conferencia en los años 70. Pero permítaseme decir que nadie ha sido capaz de exceder el corsé que las palabras de Lacan conformaban. Tampoco nadie ha sabido ir, en cuanto a cuestiones de la vida de Joyce se refiere, más allá de la famosa biografía que Richard Ellman le dedicara. La mayoría de los autores no sabe nombrar otro hecho destacado de la vida de Joyce que la conocida e insípida historia de la paliza, y si en eso se basa el diagnóstico de psicosis muy poco crédito debería tener nuestra disciplina. Nadie ha cruzado los límites salvo José María, quien sumergiéndose en la infinita bibliografía sobre Joyce, ensayos y biografías —un auténtico pozo sin fondo—, ha logrado configurar un texto de una belleza muy destacada y una originalidad inigualable. Como él comenta en la entrevista que le realizamos a continuación, es un texto que obliga a rozar la literatura. Cierto, y diré más aún, el autor hace tiempo que se convirtió en una especie de filósofo de la psicopatología y este texto da buena muestra de ello.
En fin, se trata de un libro que habla por sí mismo y lo hace además de manera elegante. El amplio dominio de los textos clásicos que derrocha; la especial habilidad para dar una visión panorámica, de conjunto y doctrinal; la rica prosa con la que se narra; el orden y consistencia al que se somete la materia; y la amplia experiencia clínica con la que se orienta la teoría hacen de este libro uno de los más destacados en el campo de la psicosis, un manual básico para orientarse en el amplio problema de la locura.
Efectivamente, José María Álvarez es un escritor prolijo, de verbo sencillo y elegante —algo en lo que no se prodigan los autores de nuestro campo—, que cuida como nadie la redacción de todo lo que escribe y lo que escribe siempre tiene la cualidad de dar una visión global, abarcadora, general y minuciosa del estado actual de la cuestión, dando cuenta de todas las referencias y autores que antes que él han tratado la materia. Es uno de los pocos que cuida las notas al pie, algo que para muchos puede ser una cuestión secundaria, pero que resulta imprescindible para los estudiosos interesados en cualquiera de los infinitos temas que él trata. Cuando uno busca bibliografía sobre cualquier tema psicopatológico, que recurra a su voluminoso La invención de las enfermedades mentales o a estos reescritos Estudios sobre la psicosis. Entonces comprobará lo mucho que le queda aún por leer para hacerse una idea bien fundamentada.
Es un estudioso que echa mano de la historia, no para realizar una mera recolección de autores clásicos como acostumbran algunos popes de la psiquiatría, sino para hacer que la historia responda a las preguntas que él formula y que atañen siempre a cuestiones eminentemente clínicas. No son simples elucubraciones de materias obsoletas o debates zanjados tiempo ha, sino buscar las respuestas en los grandes autores de la psicopatología para responder a problemas de la práctica actual. No hay nada más práctico, nada más útil, que el saber que se desprende de ellos y este libro tan bien recoge. Hay muchos que desempeñan una práctica diaria atendiendo a pacientes sin saber absolutamente nada sobre la psicosis. ¡Que cojan este libro y empiecen a formarse!
El compromiso de José María Álvarez con los clásicos de la psicosis ha sido siempre una labor muy destacada. Los ha comentado y traducido en muchas de ocasiones, y hoy sigue reeditándolos traducidos dentro del grupo de los denominados Alienistas del Pisuerga, junto a Fernando Colina y Ramón Esteban.
Quisiera también destacar su vinculación con la docencia. El autor es de los pocos que se dedica a Explicar con mayúsculas, a hacer más comprensible la materia, a hacer el psicoanálisis y la psicopatología transmisible, y sobre todo, a hacer de la locura algo familiar y cercano. Por eso son muchos los jóvenes que se acercan para buscar lo que no encuentran en ninguna otra parte, ni en el cerebro ni en las abstracciones obtusas que al final se reducen a repetir frases incomprensibles como loros. El autor habla su propio lenguaje, un lenguaje coloquial, que se enriquece con múltiples referencias de nuestra cultura y no de los sermones de una única parroquia. Su obra es el pensamiento de un autor. Esto se ve si se recorre desde sus primeros textos, su famosa tesis de doctorado entre ellos, hasta sus textos actuales (ansiamos su texto sobre la melancolía). De seguir así, no pasará mucho tiempo hasta que algunos se autoproclamen alvarecianos. Que me incluyan entre ellos.
Kepa Matilla


Estudios sobre la psicosis.



Estudios sobre la psicosis José María Álvarez

Nueva edición reescrita y ampliada

 


Entrevista a José María Álvarez, autor de Estudios sobre la psicosis Por Kepa Matilla (Fuente: Análisis, Revista de Psicoanálisis de Castilla y León)


 K. M. ¿Qué interés tiene, en la práctica clínica actual, conocer en profundidad la psicosis, así como saber diferenciarla de la neurosis?

 J. M.ª A. La oposición neurosis versus psicosis es la versión moderna de la oposición tradicional razón versus locura. De sobra sabemos que Freud tomó la neurosis como referencia esencial para elaborar la psicopatología y la clínica psicoanalítica. Esta referencia cambia con Lacan, para quien el punto de mira es, desde el inicio de su obra, la psicosis; de ahí que sus contribuciones tengan la impronta de la locura. A diferencia de otras corrientes u orientaciones, los lacanianos hemos hecho de la psicosis una materia fundamental en nuestra formación, lo mismo que, en el ámbito clínico, es práctica habitual el tratamiento de este tipo de sujetos. Aunque todas nuestras clasificaciones son arbitrarias y artificiales, desde el punto de vista clínico y doctrinal sigue y seguirá siendo esencial distinguir neurosis y psicosis, es decir, cordura y locura.

K. M. ¿Cuál es la importancia de los clásicos de la psicopatología en este cometido?

 J. M.ª A. Los clásicos de la psicopatología nos ayudan a apuntalar las construcciones teóricas que hacemos; ellos contribuyen a dar solidez y consistencia a nuestras interpretaciones, a limitar también ciertas tendencias erráticas y extravíos. Ellos aportan una clínica en estado puro, aunque a veces demasiado tosca. Como escribiera Foucault en su Historia de la locura, la clínica clásica converge en Freud. Sin Freud, es decir, sin el psicoanálisis, la clínica clásica sería hoy día una antigualla. Al inventar el psicoanálisis, Freud la revitaliza. Porque el suelo del psicoanálisis es el mismo que el de la clínica y la psicopatología clásica. Así entiendo la observación de Lacan cuando dice, en la “Introducción alemana de un primer volumen de Escritos”, que “hay una clínica. Sólo que ella es anterior al discurso analítico”. La clínica clásica aporta descripciones de fenómenos, nombra signos morbosos, construye clasificaciones, perfila los retratos de los tipos clínicos. Ahora bien, a la hora de explicar todos los datos y matices que entresaca de la observación, sus aportaciones son muy pobres. Y muy escasas de valor son también las contribuciones sobre la condición humana, es decir, sobre la esencia misma del hombre. De no haber surgido Freud, hoy día nuestras referencias primeras seguirían siendo los filósofos morales, con Cicerón a la cabeza. Lo que hoy llamamos “clásicos de la psicopatología” es lo que Lacan estudió en su formación psiquiátrica. En aquellos años, cuando la clínica era lo que la palabra indica, los médicos estaban junto a los enfermos, los observaban, hablan con ellos y los trataban. Comoquiera que todo eso se ha perdido en gran medida, necesitamos recuperar a esos clásicos para recuperar con ello la clínica en estado puro. Por esa razón, durante un tiempo importante de nuestra formación, cogemos la mano de Séglas, Clérambault, Kraepelin y otros muchos. La psicopatología bien fundamentada no pasa de moda y es una materia central en la formación del psicólogo clínico, el psiquiatra y el psicoanalista. Tan descabalado me parece empeñarse en hacer integrales sin saber multiplicar, como hacer clínica sin saber psicopatología.

 K. M. Aparte de los que acabas de mencionar, ¿quiénes son los autores más destacados e importantes que nos han ofrecido un mejor acercamiento de la locura?    
                          
 J. M.ª A. Improviso una respuesta que habría que matizar con más detalles para hacer justicia a la historia de la clínica. Citaré en primer lugar a Pinel. Y no por sus contribuciones psicopatológicas, semiológicas o nosográficas, sino por cómo logró integrar el ethos y el pathos, es decir, la responsabilidad subjetiva y la patología, un asunto al que doy muchas vueltas en el libro del que hablamos. En eso Pinel es admirable. También es admirable Baillarger cuando estudia las alucinaciones. Griesinger resulta muy esclarecedor al explicar el proceso de transformación o metamorfosis del yo en la locura, y es muy brillante la descripción de la melancolía y el dolor del alma, aunque en esto le supera con creces Schüle. Kahlbaum destacó por su visión de la nosología y la construcción de los tipos clínicos, cosa que interesó mucho a Freud, como sabemos por el célebre artículo de Ernest Harms, y marcó por completo a Kraepelin. A este lado del Rin, hace más de siglo y medio, cuando Lasègue describió el delirio de persecución sentó las bases de una concepción de la locura que aún damos por buena: al delirio y a los grandes síntomas de la locura les precede un momento de perplejidad o enigma, un tiempo de angustia en el que el enfermo trata de agarrarse a “una idea” con la que delirar, como muchos años después apostillaría Jaspers. Un psiquiatra que se formó en Leubus y ejerció en Breslau, Clemens Neisser, aportó cosas similares cuando estudió el fenómeno elemental genuino de la paranoia. Séglas, continuador de Baillarger en el estudio de las alucinaciones, sigue siendo imprescindible para entender de qué forma el lenguaje no es un instrumento a disposición del sujeto, sino que el enfermo es un títere en manos del lenguaje. La gran semiología de Séglas se completa con las aportaciones de Chaslin y sobre todo de Clérambault, cuya descripción del síndrome de pasividad es de por sí un tesoro. Las contribuciones de clínica francesa comienzan a oscurecerse tras la monografía de Sérieux y Capgras sobre las locuras razonantes y se hacen borrosas después de la tesis de Lacan sobre la paranoia. Al margen de esa decadencia sobreviven, no obstante, las obras de Henri Ey y Paul Guiraud. No es fácil estar de acuerdo con sus propuestas, desde luego, pero sus escritos atesoran la gran cultura psicopatológica continental y sólo por eso merecen ser leídos. En tierra de nadie, el italiano Eugenio Tanzi no tiene parangón cuando queremos saber algo de los neologismos; lo mismo que tenemos que echar mano del controvertido Morselli cuando nos interesamos por la semiología clínica. De los alemanes, mejor dicho de los que escriben en alemán, hay pocas descripciones tan didácticas de los tipos clínicos como las que realizara Kraepelin, un autor al que hoy día seguimos recomendando a los residentes que se inician en este ámbito del saber. Eugen Bleuler y su alumno Carl G. Jung superaron al anterior cuando elaboraron una teoría sobre las esquizofrenias, una teoría hecha con materiales heterogéneos, cierto, pero ingeniosa. La psicopatología alemana aumentó su merecido prestigio con Kurt Schneider, aunque sus aportaciones no están a la altura de la fama alcanzada. El último nombre que daré está más cerca de nosotros en el tiempo y en el espacio. Es Fernando Colina. Lo pongo sin ningún rubor en la lista de los importantes porque es uno de los grandes pensadores de la psicopatología, quizás el último. Contesto de forma apresurada, como decía, a una pregunta que tiene más enjundia de la que contiene la respuesta.

 K. M. Podrías enumerar, de manera breve, algunas cuestiones esenciales sobre la locura.

 J. M.ª A. Como advierto en el estudio “La locura para principiantes”, no es fácil hablar de la locura y menos aún si se pretende hacer de forma breve y sencilla. Allí escribí, a modo de introducción, que la locura es un drama intenso y solitario. Si hubiéramos de perfilar un denominador común de lo que nos refieren nuestros locos, seguramente todos destacaríamos que la experiencia de la locura guarda una estrecha relación con la certeza, la posesión de la verdad y el saber irrebatible, con la revelación, la autorreferencia, el perjuicio, la plenitud, la intensidad y la soledad, todo en grado extremo. De todas estas experiencias genuinas, la más rotundamente psicótica es, por supuesto, la certeza. La certeza nos muestra con claridad de qué forma se relaciona el loco con el saber y la verdad. En la certeza busca su salvación pero encuentra su veneno, un veneno que causa una adicción potentísima. En esto un loco es todo lo contrario del pasota, del descreído y del escéptico, al menos en lo tocante a su certeza. El loco se agarra a la certeza como el náufrago al pecio, incluso a sabiendas de que lo aleja de la orilla. Pero la necesita, porque sabe que hay algo peor aún, algo que él conoce porque lo vivió antes de dar con el eureka de su certeza y la fórmula de su delirio. De ahí que, si la comparamos con las creencias o las opiniones, la densidad de la certeza es máxima y su concentración es tan intensa que no se disuelve con buenos razonamientos ni desmentidos de la realidad común. Lo mismo sucede con su poderío, tan vigoroso que resulta determinante para el devenir a corto y largo plazo. A consecuencia de su intensidad y poderío, la certeza estrecha tanto el contorno de las relaciones que condena al loco a vivir en completa soledad.

K. M. En tu opinión, ¿consideras que fue un forzamiento, en el surgimiento de la psiquiatría, el pasaje de la locura clásica a la alienación mental, lo que se conoce como “medicalización de la locura”? De ser así, ¿en qué lugar quedan hoy las posturas más biologicistas a la hora de entender al loco?

 J. M.ª A. Es un forzamiento en toda regla. Un forzamiento que se lleva a cabo mediante la invención de las enfermedades mentales, cosa que podría considerarse un delirio si no fuera por el amplio lazo social que ha generado. Su punto de partida, no obstante, es tan delirante como cualquier idea loca. Lo mismo que hay delirios que contribuyen al saber y a la concordia, también los hay que siembran discordia y oscurecen nuestras miras. El delirio de las enfermedades mentales ha determinado nuestras prácticas actuales, las cuales se caracterizan por acallar al loco y justificar ese silencio con argumentos inspirados en las neurociencias, argumentos, por lo demás, más cercanos a la ciencia ficción que al conocimiento riguroso y útil. Desde este punto de vista, el loco no existe. Es un enfermo al que hay que cuidar, medicar, controlar, reeducar y consolar. El loco es una figura de la época precientífica, de cuando ingenuamente se pensaba que la razón y la locura iban, a veces, de la mano.

 K. M. Cuál es tu punto de vista sobre el psicoanálisis, no sólo para el conocimiento de la psicosis, sino también para el tratamiento de la psicosis.

 J. M.ª A. El psicoanálisis se inventó para esclarecer y tratar las neurosis. Esa era la idea de Freud. Pero su potencial interpretativo y heurístico era tal, que rápidamente se extendió a la locura, como no podía ser de otro modo si se tiene en cuenta que hasta Freud las explicaciones de los fenómenos de la locura eran para echarse a llorar. El interés que despertó Freud entre algunos psiquiatras del prestigio de Bleuler o Jung contribuyó a la extensión del psicoanálisis. Pero lo más importante fue que el psicoanálisis se convirtió en una potente lámpara con la que iluminar la oscuridad esencial de la locura. El concepto bleuleriano de esquizofrenia se debe, en gran parte, a la influencia freudiana. Ahora bien, pese a que algunos analistas, como Abraham, Tausk, Federn, Klein, Fairbairn, Rosen o Sechehaye, realizaron importantes contribuciones al conocimiento y tratamiento de la psicosis, lo cierto es que la locura entró de lleno en el psicoanálisis con Lacan. Con Lacan psicoanálisis y psicosis se convirtieron en términos inseparables, tanto es así que se iluminan uno al otro. Se sea psicoanalista o no, es necesario reconocer que nuestro conocimiento actual de la psicosis es esencialmente lacaniano. Tanto en materia nosológica y nosográfica como terapéutica. Sus aportaciones de los años cincuenta, en especial el Seminario 3 y “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, sentaron las bases para conocer con detalle la estructura psicótica, la jerarquía de sus fenómenos esenciales, la dinámica, el desencadenamiento, la transferencia y algunas formas de reequilibrio. Con esas herramientas, durante años los analistas hemos atendido a muchos sujetos psicóticos, cosa que jamás había sucedido en la historia del psicoanálisis ni menos aún de la psiquiatría. Sabíamos muy bien lo que no se debía hacer, y poco a poco fuimos aprendiendo lo que conviene hacer en el tratamiento del alienado. Con el Seminario 23 Lacan aporta, en mi opinión, un optimismo terapéutico importante, puesto que muestra las múltiples formas potenciales de reequilibrio, muchísimas más de las que conocíamos a partir de la perspectiva estructural (delirio, paso al acto, identificaciones, etc.). Como se ve, de nuevo la psicosis o la locura –pues Lacan, cuando habla de Joyce, usa ese término tradicional– reaparece en su reflexión y le sirve para apuntar sus últimas contribuciones acerca del sinthome. Por tanto, me resulta inimaginable que alguien se dedique al estudio de la locura y su tratamiento y no sea lacaniano.

 K. M. Uno de los capítulos que añades en esta nueva edición, reescrita y ampliada, es un texto sobre Joyce con el que continúas la investigación sobre las formas normalizadas de la psicosis, ¿cuál es tu opinión sobre los tipos clínicos y los límites de la locura?

 J. M.ª. A. Cierto. En esta edición, los estudios XI, XII y XIII se agrupan bajo la rúbrica “La psicosis de hoy y de siempre”. Y es en estos textos donde indago con más detalle en la cuestión de la psicosis normalizada. Le di este nombre hace años porque se trata de ciertas presentaciones clínicas de la locura o psicosis en las que, aparte de su sintomatología atenuada o discreta y de sus crisis muy puntuales y reducidas, es frecuente observar que muchos de estos sujetos se muestran llamativamente hipernormales, con lo que, afortunadamente para ellos, pasan desapercibidos, la familia les deja en paz y nosotros, los sanitarios, también. Estas formas discretas o normalizadas comparten con las psicosis enloquecidas –así las llamo en el libro– la misma esencia, es decir, comparten las experiencias psicóticas genuinas. La cuestión que se plantea ahora es acotar el territorio nosográfico en el que se sitúan sujetos psicóticos de perfil tan distinto como los normalizados y los enloquecidos, esto es, los locos de atar y los locos discretos. Se trata, por tanto, del eterno problema de los límites de la locura y de los tipos clínicos. Soy partidario de los tipos clínicos. Lo soy porque observo que muchos sujetos obsesivos o histéricos siguen siendo, treinta años más tarde, obsesivos o histéricos después de haber afrontado muchas vicisitudes. Quiero decir que jamás han enloquecido. Con lo cual deduzco que están apuntalados defensivamente en una estructura o tipo clínico de cuyo perímetro jamás se moverán. Por eso creo en los tipos clínicos. Pero también creo que los límites entre locura y cordura son borrosos y artificiales. Todos tenemos algo de locos y los locos algo de cuerdos. Sí, es cierto. Pero como necesitamos las clasificaciones, al menos inicialmente, enseguida trazamos una raya y separamos un grupo del otro y los enfrentamos conceptualmente. Sólo hay dos formas de pensar el pathos. Lo pensamos como una discontinuidad o como una continuidad, es decir, como estructuras, categorías, entidades o tipos, o lo pensamos de forma elástica, como si fueran espectros, donde las transiciones se borran. Somos nosotros, los clínicos, quienes decidimos sobre el modelo que seguimos, si es continuo o discontinuo, si es borromeo o estructural. Por eso la psicopatología no es una ciencia (ni falta que le hace), porque nosotros decidimos acerca del modelo que adoptamos. Sin embargo, la opción buena consiste en elegir a la vez las dos perspectivas, la continua y la discontinua, lo uno y lo múltiple, la estructura y el nudo. Parece complicado pero no lo es. Ayuda mucho asumir que trabajamos con modelos y construcciones, y no con leyes naturales. Todas estas consideraciones están en la base de mi interés por Joyce y su hija Lucia. El último de los estudios está dedicado a ellos. Me llevó mucho tiempo leer todo lo que se ha publicado últimamente, en especial las biografías de Carol Shloss y Brenda Maddox. Y le dediqué muchos meses a darle forma escrita, porque la locura de Joyce es tan sutil y delicada que invita a hacer literatura. Con ese estudio he pretendido llamar la atención sobre dos formas de locura o psicosis muy distintas, la psicosis normalizada de Joyce y la esquizofrenia de Lucia, dos formas de locura que comparten el denominador común de las experiencias genuinas de la locura.

K. M. Me gustaría que nos pudieras aclarar tu postura sobre el estado actual de una entidad tan controvertida como es la psicosis ordinaria. ¿Crees que es un asunto que está yendo demasiado lejos? ¿Crees que se está diagnosticando desde la teoría, dejando de lado el saber de la psicopatología clásica? ¿Opinas, como muchos lo hacen en la actualidad, que Lacan despreciaba la psicopatología clásica? ¿Qué opinión te merecen aquellos que desdeñan a los clásicos al plantear que Lacan va más allá? ¿Crees que esta nueva moda derivará en que todo sea diagnosticado de psicosis? ¿Consideras que hay un peligro a la hora de tratar una neurosis como si fuera una psicosis ordinaria?

 J. M.ª A. Son muchas preguntas. Tantas que, por lo que veo, ya contienen una respuesta. Te daré también la mía. Estoy de acuerdo en que hoy día estamos en condiciones de diagnosticar con más precisión algunas formas discretas de locura. Basta leer lo que se escribía sobre el particular hace ciento cincuenta años, por ejemplo el libro de Trélat sobre la locura lúcida, para comprobar el progreso. También estoy de acuerdo en que el pathos adopta nuevas formas de presentación, dependiendo de las épocas y discursos imperantes. Incluso doy por cierto que, como sucede con la esquizofrenia, en determinado momento histórico se genere un nuevo tipo de patología. Dicho todo esto, para enmarcar el problema al que aludes con tus preguntas, es necesario echar la vista atrás para saber cuándo se ha planteado este problema y qué soluciones se le han acordado. Eso nos ayudará mucho para elaborar una reflexión cabal. El problema de la psicosis ordinaria se enmarca en una amplia tradición. No es nuevo, sino tan antiguo como la psicopatología misma. De hecho ha sido el problema por excelencia de la clínica clásica. Como decía antes, si optamos por un modelo del pathos de tipo discontinuo, es decir, estructuras clínicas, entidades nosológicas, o como se quieran llamar, siempre, tarde o temprano, al acercarnos a las fronteras nos introduciremos en una zona sombría. Quiero decir que la separación entre neurosis y psicosis obliga a ciertos forzamientos, puesto que hay un espacio entre una y otra, un territorio en el que algunos han introducido los trastornos límite, los narcisistas, los como si, los trastornos de personalidad, etc. No es fácil establecer ahí un límite. No lo es para nosotros (al menos para mí), ni lo era para Kraepelin, por citar a un gran nosógrafo. Hay que tener presente que las categorías o tipos clínicos se construyeron con casos extremos, con sujetos muy alejados del común de los mortales. Hay que tener en cuenta también que los psicopatólogos clásicos fueron grandes caricaturistas y extremaron los rasgos morbosos. De ahí que reconozcamos con tanta facilidad, cuando leemos a Krafft-Ebing, por ejemplo, a un melancólico delirante o a un paranoico. Ahora bien, a medida que descendemos peldaños desde la gran patología hacia la normalidad, las descripciones se desdibujan y la caricatura pierde efectividad. De manera que la psicopatología discontinua, sea psicoanalítica o psiquiátrica, se encuentra indefectiblemente con el problema de los semi-alienados y de los medio-locos. Mejor dicho, más que encontrarse con este problema, es más preciso decir que el método mismo aboca a este problema. Por tanto, si somos estructurales nos veremos obligados a especificar qué hay ahí en esa zona de transición entre una estructura y otra. Surgen al respecto diversas opciones: inventar estructuras intermedias o correr alguna de las fronteras para incluir a los inclasificables en ese territorio. La psicosis ordinaria ha surgido de esta segunda opción, es decir, como consecuencia de extender el perímetro de la locura, tradicionalmente más circunscrito. En este marco es donde hay que situar el problema de la psicosis ordinaria. Al menos así lo reflejo en uno de los estudios titulado “Psicosis actuales”. Lo más importante es entender que estas formas discretas, ordinarias o normalizadas de la locura son el resultado de aplicar una plantilla categorial o estructural al pathos. Si aplicamos, por el contrario, una plantilla continuista, al estilo kleiniano o conforme al modelo kretschmeriano del delirio de relación sensitivo, el problema desaparece. La locura y la cordura, la psicosis y la neurosis se dan la mano y se interpenetran, con lo cual ya no hay casos raros ni ordinarios, sino continuum. Algo similar observamos en la clínica borromea del último Lacan. Pero aquí el método arrastra consigo un problema: si todos estamos locos o todos deliramos, tarde o temprano nos veremos obligados a separar a los auténticos delirantes del resto, a edificar una frontera entre el neurótico y el psicótico, puesto que es así como se genera el conocimiento psicopatológico. Como se ve, se trata de dos polos, continuo y discontinuo, uno y múltiple, hacia los que se desplaza el péndulo del saber sobre el pathos. Cuando se agota uno, movemos el péndulo hacia el otro. Y así inexorablemente. De este modo podemos leer la historia de la clínica y las contribuciones de sus grandes pensadores, pues en la mayoría se advierten, en momentos distintos, las dos posiciones, como en el caso de Lacan, de Kraepelin o de Freud. Esas posiciones se observan asimismo en las clasificaciones internacionales, cosa evidente si se compara el DSM-III y el DSM-V, radicalmente categorial el primero, más espectral o continuista el segundo. Los autores que acabo de mencionar, al igual que la taxonomía de la APA, comienzan por la categoría o la estructura y se mueven hacia visones más continuistas. De la estructura al nudo, de la entidad nosológica al síndrome, del trastorno al espectro, ese el primer movimiento. Después, cuando el continuum nos parezca inespecífico y excesivamente borroso, desplazaremos paulatinamente nuestro interés hacia el otro polo. También creo que eso sucede en la mayoría de nosotros. Cuanto mayor es nuestra experiencia clínica, menos necesitamos las categorías y más nos acercamos a posiciones continuistas. En mi opinión, las dos opciones son necesarias y las dos opciones deben aplicarse a la vez. La psicosis ordinaria se sitúa, por tanto, en la problemática tradicional de lo que antaño fue la locura parcial y más adelante se denominó locura lúcida, monomanías, seudomanomanías, locura moral, paranoia rudimentaria, esquizofrenia latente, locura razonante, etc. Pero la psicosis ordinaria no indica sólo un problema irresoluble que concierne a la esencia de la psicopatología. Ella puede convertirse también en un problema más que aportar una solución. Puede convertirse en un problema siempre que se anteponga el carro a los bueyes, esto es, siempre que se diagnostique mediante la teoría y no mediante la clínica. Y aquí comienzan las dificultades. A mi manera de ver, el diagnóstico debe basarse en fenómenos positivos, no en deducciones o abstracciones teóricas. Llamo fenómenos positivos a esas experiencias genuinas de locura de las que hablaba y a las que dedico prácticamente todo el libro. Como explicito en algún momento, el psicoanalista debe guiarse por tres lámparas para iluminar el diagnóstico: la semiología clínica, es decir, el saber objetivo de la clínica que nos ofrece los matices y las texturas; la reacción o el impacto específico de cada sujeto ante lo que le sobreviene, cosa que se adensa en determinado tipo de experiencias y de síntomas; por último, la función que cada uno damos a nuestras creaciones sintomáticas. Mientras las texturas se sitúan en el ámbito objetivo, las experiencias, los síntomas y su función se ubican de lleno en el plano subjetivo. Con respecto a las formas normalizadas, discretas u ordinarias, me parece fundamental, a la hora del diagnóstico, tener en cuenta las experiencias genuinas, la transferencia, la neurosis infantil y el tipo de estabilizador que está funcionando o ha funcionado en ese sujeto. Todo eso a la vez. Y muchas veces es insuficiente. Por lo que a mí respecta, a veces no consigo aclararme con el diagnóstico de las formas normalizadas. Es una limitación propia pero también lo es del método empleado, como sucede con el ángulo muerto cuando miramos los retrovisores del coche y vemos cómo acerca un turismo y de pronto desaparece. Como expongo en el estudio de Joyce y Lucia, considero que con la clínica clásica se puede diagnosticar todo tipo de locuras, sea enloquecidas o normalizadas. En materia de diagnóstico, la clínica clásica, esto es, la estructural, atesora nuestro valor más cotizado. También la psicosis ordinaria se puede convertir en un problema si optamos por generalizar ese diagnóstico. A este respecto añadiré las dos últimas consideraciones. En primer lugar, soy partidario de acotar el perímetro de la locura o psicosis para evitar ese mal endémico que conocemos tan bien los que trabajamos en servicios públicos, el mal del estigma que acarrean los diagnósticos psiquiátricos. En segundo lugar, al ampliar el diagnóstico de psicosis ordinaria y generalizar su uso nos daremos de bruces con el hecho de que algunos pacientes que vienen a visitarnos para tener una experiencia analítica se irán tiempo después como vinieron, es decir, sin analizar. La perspectiva que aporta el trabajo en manicomios, unidades de hospitalización o centros de salud invita a restringir el territorio de la locura, porque allí los locos auténticos son asunto de todos los días y uno acaba por observar algunas diferencias entre ellos y el común de los mortales. Respecto a si Lacan, y con esto concluyo, despreciaba la psicopatología clásica, no tengo nada que decir. No sé a quién puede ocurrírsele una cosa así. Lacan es un clásico de la psicopatología y un moderno del psicoanálisis.




















lunes, 29 de abril de 2013

La Otra Psiquiatría

Y como todos los años, un oportunidad para aprender algunas cosas. Están todos invitados.

miércoles, 27 de marzo de 2013

¿Esquizoqué?: El Escritofrénico, de Raúl Velasco

¿Esquizoqué?: El Escritofrénico, de Raúl Velasco: A Raúl Velasco lo conocemos, todxs los que pululamos estos blogs de salud mental, por su trabajo desde hace años en Radio Nikosia, en Radio ...

domingo, 24 de marzo de 2013

El escritofrénico

En estos días, en Galicia, hemos tenido la oportunidad de asistir a la presentación del libro "El Escritofrénico" de nuestro querido amigo Raúl Velasco de Radio Nikosia. Tras su presentación llena de afecto y de amor a estas tierras, estuvimos hablando del libro. Si se animan a leer esta novela se encontrarán con el relato de una posible salida a la locura, no por el camino de la censura y de la prohibición, sino por la vía de la responsabilidad y la asunción de la soledad a la que te lleva la locura. Un camino entre la ficción y la realidad desde las palabras de alguien que se ha estado batiendo con locos, psiquiatras, pastillas y radios desde hace bastantes años ¡Un buen trabajo! Gracias Raúl. Un gusto. Lean

miércoles, 6 de febrero de 2013

Locura para principiantes.

Imprescindible conferencia de Jose María Alvarez. Altamente recomendable.

La locura para principiantes from Fernando Martín Aduriz on Vimeo.

miércoles, 23 de enero de 2013

Se trata de un loco asesino psicópata....

Al hilo de esto: Petición: A los directores de Informativos.... Se trata de un loco asesino psicópata.... Todos hemos leído u oído en algún momento apostillar una noticia sobre un suceso violento con frases como: “el agresor padecía una enfermedad mental”, “el atacante había sido internado en varios ocasiones por una esquizofrenia”, “el asesino estaba desde hace años a tratamiento psiquiátrico”. Es un acto periodístico en la que el informador sugiere que la locura o la enfermedad mental son los causantes de un acto violento. Esto tiene que ver con cierto prejuicio y con una gran hipocresía. Para que sea hagan una idea, es como cuando alguien se muere de cáncer y el periodista dice “falleció de una larga enfermedad”. Es un detalle supuestamente condescendiente con la familia y que intenta fallidamente no caer en el morbo. Intento totalmente fracasado porque ya todos sabemos de que se trata. Del mismo modo que cuando alguien se muere de sida lo que dicen es “murió de cáncer” (veasé recientemente el reporte de Antonio Vega) Digamos que en la escala periodística de ser cotilla y morboso,el sida esta por encima de cáncer y cáncer por encima de larga enfermedad. Osea, que en cualquier momento la gente morirá de ” algo en general” o “fruto de un exceso de miasmas”. El caso es que la frase de marras “el acusado padecía una enfermedad mental” transmite también esta ambigüedad periodística a caballo entre el morbo el rigor y la tontería. Quizás se pueda elucidar algo sobre esta cuestión para sacar a los periodistas de este atolladero. Es verdad que algunos personas diagnosticadas como enfermos mentales cometen actos violentos. Si bien no más que la población no diagnosticada. Se dice habitualmente que la tasa de agresiones en el consultorio de urgencia de psiquiatría es la misma que en urgencias generales. Aún así se puede razonar que hay gente que comete delitos atroces que son argumentados por sus autores de forma absolutamente delirante. En la historia de la psiquiatría existen varios casos muy estudiados como son el famoso caso Wagner o el caso Aimeé. Más conocidos para el público general está también el caso de Charles Manson o los recientes Jared Lee Loughner de la masacre de Tucson (Arizona), y Anders Behring Breivik autor de los asesinatos en Oslo y Utoya (Noruega). Gente delirante y violenta, que además le da a la violencia un lugar principal en la consecución de sus logros delirantes. Lo que hay que precisar es: ¿las ideas delirantes son la causa de las atrocidades cometidas por estas personas? A diario gente supuestamente no loca comete barbaridades y toma decisiones que provocan la muerte de personas siguiendo ideas políticas y/o ideas religiosas fanáticas. En muchas ocasiones esto sucede con el apoyo generalizado de poblaciones enteras. Y nadie se plantea que estén locos o que sean víctimas de sus ideas. Por otro lado existen miles de personas delirantes que conviven con la certeza de estar a merced de múltiples maldades cometidas por parte del gobierno, la cia, microsoft o su vecina. Viven y se pelean a diario, luchan por mantener su integridad dentro del delirio de que siempre hay alguien pendiente de ellos. Eso si, bajo ningún concepto se les ocurre agredir o matar a nadie. Al revés, son gente que vive en un perpetuo miedo. Parece entonces mas bien una cuestión ética. No se trata del poder de las ideas o de su carácter patógeno sino del respeto a la vida ajena. Y es que ser un hijo de puta malvado no responde a cuestiones de psicopatología. Lo que si nos enseña la historia de la psiquiatría es que este tipo de personas si son tratadas como enfermos mentales y desposeídos de la responsabilidad de sus actos, esto no hace mas que empeorar el cuadro aumentando la producción delirante en pos de conseguir la estabilidad de su identidad. Resumiendo: Que no seamos capaces de entender las razones por las cuales una persona comete un acto violento no convierte al sujeto en víctima de su pensamiento. Es más, que la violencia tenga un diagnóstico no nos da ninguna tranquilidad con respecto a los seres humanos. Todos siempre podemos elegir entre matar o no hacerlo.

martes, 11 de diciembre de 2012

Yes LaCan

Aún a riesgo de ser tildado de talibán psicoanalítico os recomiendo encarecidamente este documental. Si no o gusta quedaros con el momento de la práctica de Lacan que consiste en buscar como un loco el inconsciente. Eso que te persigue todas las mañanas y de lo que te das cuenta sólo a rafagas, como destellos de un flash que no termina de arrancar.

martes, 30 de octubre de 2012

Adolescentes

La pregunta que me rondaba es esta cosa que se escucha a menudo de si los adolescentes de ahora son diferentes o peores o más difícil que los de antes. Pensé que desde la clínica quizás yo podría tener algo que decir sobre esto..Y Si la política decide la educación y el discurso social, pensé entonces que para hablar de los adolescentes de ahora habría que ver como lo político está actuando sobre ellos. Se dice, que los adolescentes ahora son insufribles. Que son una banda de de maleducados, narcisistas y poli-toxicómanos. Todo el día en su mundo con sus nuevos gadgets de contacto. Se dice que no respetan nada que están al botellón y que NiNi. Bueno esto es más o menos lo de siempre. En mi generación nos decían lo mismo y supongo que en las suyas también. En el año 85 eras un pasota con la litrona y ahora eres un NiNi de botellón. Siempre el paso de las generaciones y la reinterpretación que hacen los adolescentes del goce producen el mismo rechazo y prácticamente se escucha, generación tras generación, la misma cantinela. Realmente lo que habría que puntualizar no es tanto la cuestión del hecho adolescente, que responde más o menos a los mismos patrones desde el inicio la cultura, sino que habría que ver la respuesta social que se da al hecho adolescente. Como ya sabrán ser adolescente es ese momento del desarrollo donde el sujeto se confronta al ser adulto. Se producen un cambio hormonal y físico así como un desarrollo final de sus capacidades intelectuales. Gran parte de las experiencias de este período sentarán las bases de su conducta futura. Para el psicoanálisis la adolescencia es realmente un segundo momento. Es la actualización y puesta en escena de todo los encuentros de la infancia. Es el momento de la decantación final del fantasma y su formación sintomática. Casi todas las personas que hayan ido a un psicoanalista o que se hayan visto en la posibilidad de hablar francamente de uno mismo suelen decir "bueno lo mío es de hace mucho tiempo". Y este tiempo es la adolescencia. Se agolpan en esta edad los reencuentros traumáticos esta vez en el marco del fantasma. Y es que casi nadie tiene una infancia traumática. Lo traumático es después cuando el evento se repite. Y ese momento para la actualización de la sexualidad y de la muerte es la adolescencia. Les voy a contar una pequeña historia personal al hilo de esto. Cuando empezaba mi adolescencia, más concretamente andaba en esta especie de limbo hormonal que los manuales llaman pubertad, andaba yo muy neuras con la cuestión de ¿qué es lo que me va a pasar? Atrapado en una especie de urgencia y procastinación por el hacerse mayor. Entonces leía con fruición una de estas enciclopedias antiguas de mi abuelo donde te explican las etapas de la vida, los órganos sexuales y el paso de las estaciones y asistía atónito a todo una futura metamorfosis que estaba por acaecerme. En estas lecturas sobre la adolescencia resaltaba una palabra. La personalidad. La adolescencia es el momento de fijar la personalidad, decían. Absolutamente aterrador. Esto vino a mi mente porque preparando esta charla me llamó un amigo para hablar un rato. Me dijo que había discutido con su novia porque estaba se quejaba de que últimamente repetía una latiguillo que yo tengo. La mujer en cuestión le decía "no tienes personalidad". Entre risas quise tranquilizarle y le dije que eso es mucho mejor que lo de tener personalidad es una mierda. No hay nada mejor que dejarse llevar un poco por el deseo del otro y los dichos del otro. Bien el caso es que esto de la personalidad es algo que se juega en la adolescencia. Este concepto de personalidad, ya aborrecido en su día por Freud, no ha sido más que un asidero para los fenómenos exagerados que han aparecido en los últimos años en la psicopatología. Digamos que, ante las nuevas conductas disruptivas y la pasión por diagnosticar, la personalidad,una idea barroca e indefinible, se ha ido llenando de trastornos hasta el punto que, volviendo a Freud, ya nadie es normal. O citando a Caetano Veloso, " de cerca nadie es normal". Pero me quiero referir aquí al concepto más banal de personalidad, a la idea más callejera que no es otra que la gran pregunta adolescente de: ¿tú quien eres?. En psicoanálisis nos gusta más hablar de identificaciones. La gran vacilación de la adolescencia es que hacer con tu bagaje, con tus identificaciones primarias. Donde colocarlas para a estar a la altura de ser adulto. A ese nivel está la la fascinación adolescente por rediseñar su cuerpo, su vestuario y por adherirse a causas y a artistas. En este punto los adolescentes son los únicos verdaderos fans. La adherencia a un referente es para el adolescente casi imprescindible a sabiendas de la duda sobre su propia historia. El adolescente tiene que tejerse un traje a medida con las identificaciones de su propia historia, su subjetivación y los referentes que le da el discurso en el que está inmerso. Es en esta cuestión del discurso y del Otro donde podemos decir, no que estas generaciones actuales sean diferentes, sino que están sometidas quizás a un grado de mayor de dificultad a la hora de atravesar este trance de la adolescencia. Tal vez la palabra no sea dificultad, siempre es difícil, sino que el discurso en el que vivimos es en si bastante adolescente en el sentido de que es un discurso que solo apunta hacia si mismo. Abundaremos un poco en esta cuestión del discurso. Para ello vamos a seguir a Collete Soler en su trabajo El Discurso Capitalista. La noción de discurso la introduce Lacan en el psicoanálisis en el seminario XVII de El reverso del Psicoanálisis. Sustituye el término freudiano de civilización, un término más amplio y ambiguo, para dar cabida al concepto de discurso como modalidad o tipo de vínculo social. La tesis es que los lazos sociales, los lazos entre los seres humanos, con sus cuerpos, sus palabras y sus conductas, están ordenados por el lenguaje; no existen sin que los ordene el lenguaje. El postulado lacaniano y cito textualmente a Collette Soler es que "la realidad -y entiéndase por esto la realidad de los lazos sociales- está estructurada en el lenguaje y como el lenguaje". Es un poco complejo quizás explicar esto de los discursos pero antes de introducir en que afecta esto a los adolescentes voy a detenerme brevemente. Lacan, en este seminario del Reverso del psicoanálisis, plantea que existen cinco discursos. Cinco formas de lazo social. Están el discurso del amo, el discurso de la histeria, el discurso universitario,el discurso analítico y el discurso capitalista. Resumiendo quizás en exceso estos discursos plantean un esquema de cuatro elementos en las que se reparten cuatro tareas como vehiculadoras del lazo social. Estas son: el agente, el Otro, la verdad y la producción. Las diferentes combinaciones entre el sujeto dividido, el significante amo, el saber y el plus de goce darán los diferentes discursos. Para que se entienda. El lazo social entre los humanos se reparte entre el valor y las relaciones que tienen entre si la bandera o el emblema, el vicio, el conocimiento y el hecho de saber que no sabemos. Por ejemplo el discurso del amo es esa forma de lazo social en la cual hay una bandera, un rasgo, un líder que aglutina como agente, la producción de saber, la regulación del goce y la división subjetiva. El amo produce un saber que sepulta el goce y al que se dirige la división subjetiva. Es por ejemplo Rajoy dando un speech y todos organizando su ser para acomodarse a esto. Más claramente es el año 40 con el ascenso de Hitler. En el discurso de la histeria, el sujeto histérico se presenta ante el amo como dividido y le obliga a generar un saber, si bien el goce esta sepultado por esta división subjetiva que representa la histeria. Es esa mujer que escribe un libro para reivindicar su fibromialgia. Una enfermedad nueva única e incognoscible. En el discurso universitario el saber es el amo que busca el goce bajo el cual, en el fondo, esta la división. Es Punset preguntando a un físico de Massachusets donde está el área cerebral de la verdad. Delirante. En el discurso analítico el psicoanalista se postula como un goce ignoto que pregunta a la división subjetiva por un saber que está oculto. Para entender esto vean Y todo lo demás de Woody Allen. Por último Lacan habla del discurso capitalista. Este discurso representa una novedad respecto a los otros discursos. Estos discurso de los que he intentado hacer un esbozo rápido producen un lazo social. Todo se cuece entre el agente y el Otro. Están en continua producción porque siempre hay un punto de ruptura. Todos estos discursos nos obligan continuamente a re-inventarnos. Digamos que están vivos en lo social. Aún maltrechos funcionan. Es algo que nunca se cierra. El amo nunca funciona del todo, la histérica nunca tiene lo mismo, la universidad agoniza desde siempre y el psicoanálisis lleva muriendo 100 años. Fantástico. Ahí estamos entretenidos. Tenemos motivos para querernos y odiarnos. Pero el discurso capitalista es otra cosa. Nos entretiene pero no nos sostiene. El discurso capitalista no sostiene lazo alguno entre los seres hablantes, sólo escribe la relación de cada sujeto con el objeto de plusvalía. En el discurso no hay punto de ruptura. Uno puede ser agente productor, degustador de objetos, saberes e incluso un objeto en si consumible. Citando de nuevo a Collete Soler ya en 1972 Lacan advertía que el discurso capitalista deshacía el vínculo social y dejaba a cada uno enfrentado con el objeto plusvalía. Esto produce varios efectos. Por un lado la precariedad. La precariedad de los vínculos, de la familia de la pareja, del empleo. Por otro lado el aumento de sensación de falta de sentido. De ahí la proliferación de fuentes de saber y destino tipo religiones, psicólogos , psiquiatras, Punset y, porque no decirlo psicoanalistas. Los psicoanalistas vivimos de la falta de sentido. Lo decía Freud. Cuando un sujeto se interroga por le sentido de su vida, este sujeto está enfermo. Para finalizar con las consecuencias del discurso capitalista. Este tipo de vínculos precarios y sin sentido obligan al sujeto a un individualismo, como dice Collete Soler, forzado. Cada uno encerrado en casa con su gadget que le ha de proveer de placer y satisfacción suficiente como para no necesitar un otro. Bien este es el escenario donde a día de hoy un adolescente tiene que forjar su maldita personalidad. Claro. Es digamos, problemático, cuando menos. Intentar ser en medio de un lazo que no tiene referentes. Además el discurso capitalista produce otro efecto imaginario. Que es tener al adolescente como el arquetipo de amo del goce. Para el capitalismo el adolescente es la perfección. Es joven, consume de todo, todo le puede interesar, no tiene responsabilidades y su cuerpo es bello y apetecible. Es lo que todo ser debería ser. Manipulable, consumible y consumidor. Sin un deseo claro, sin objetivos, hedónico y porque no, solitario. Esto paradójicamente puede ser una pesada carga para el adolescente. Digamos que casi está obligado a ser imbécil, voluble y epicúreo. Aunque tenga un deseo fuerte por algo o una voluntad en algún sentido. Da igual, está en un momento en que puede disfrutar de la falta de sentido. De hecho ha de hacerlo. Es en el adolescente donde el imperativo superyoico de Goza toma un sentido literal. Son, resumiendo, víctimas de ser lo mejor. Carecen de una bandera aglutinadora que provea de sentido. Así como antiguamente había hermandades, fraternidades, gremios, equipos ahora hay solo hermandades de goce. Los sujetos dentro del discurso capitalista se reúnen con la excusa de algún consumo de un objeto. Menos da una piedra es verdad, pero el lazo que se establece, en muchas ocasiones, está exclusivamente cernido al hecho de poseer o gozar del objeto en cuestión. Es casi como una secta pero de cínicos. Me contaba un paciente adolescente que su mejor amigo lo es porque juegan al mismo juego en red desde hace años. Bien. Y, ¿qué salidas buscan los adolescentes ? y ¿cómo se defienden de este abuso del discurso? Pues por un lado están las tan cacareadas redes sociales. Internet y las redes sociales han permitido una forma de lazo que, aunque sujeta a los imperativos del discurso capitalista, permite el establecimiento de cierto vínculo. Y no sólo un vínculo adolescente cerrado al goce del objeto, sino un circuito donde entran en contacto con otros sujetos, otros saberes, y otras tradiciones. Es un circuito donde pueden acceder al discurso del amo, el histérico, el analítico y el universitario. Son plataformas donde se establecen vínculos en los que circula algún tipo de gratuidad en el sentido capitalista del término. De hecho la gran reivindicación de los usuarios de inherente es la gratuidad. Aislados y encerrado en un mundo de compra-venta la red supone un espacio para un posible amor. Un posible no se sabe, un posible punto de ruptura con el discurso capitalista. Por otro lado están los padres. Estos si que están fastidiados. Los padres estan en mayor o menor subsumidos en este discurso. No es algo opcional. No se puede cambiar. Para preparar esta conferencia me estuve leyendo manuales de como tratar a tus hijos. Creanme hay muchos. Las librerías están plagadas de libritos psicopedagógicos, manuales de instrucciones y guías sobre como tratar a los hijos y especialmente a los adolescentes. Hay uno que me ha llamado la atención poderosamente que se llama Adolescentes. Manual de instrucciones de Fernando Alberca. Famoso autor de Todos los niños pueden ser Einstein. Este es el perfil para que se hagan una idea. El libro está estructurado en diferentes capítulos con los típicos problemas de relación entre padres y adolescentes. Los títulos de los capítulos son de este orden: "Lo que más le importa". "Lo que piensa y siente". "Estoy de tu parte, la actitud de los padres". "Como corregirle". "Como subir su autoestima" etc…. Bien cada capítulo, tras una breve explicación acaba con una lista de consejos y otra lista de cosas a evitar. Les voy a leer algunos de los consejos: Para potenciar sus capacidades: -Tener libros en casa. - Hacer sopas de letras -Hacer esquemas con él antes de estudiar - Emplear el mayor número de palabras posibles al hablar - Componer figuras en un Tangram. (?) Para motivarle: - Alabar cinco buenos actos o cualidades antes de corregirle uno - Alabará sin reservas - Estar en silencio cuando no se sepa que decir. - Encajar con humildad las críticas acertadas del hijo. - Preveer imaginar cualquier situación que se tema antes de que se dé. Para que no les sorprenda. Al hilo de la autoestima: - Ponerse en su lugar -Alentarle -Apoyarle. Cuidarle. Consolarle - Prestarle ayuda. - Estar cerca de él. Y el mejor, al hilo de las nuevas tecnologías: - Probar a superar una mañana o una tarde sin el móvil o smartphone. Si se logra, intentarlo durante un día. - Retrasar la dependencia del móvil personal, retrasando la edad del primer móvil. Bueno así todo el libro. Personalmente me parece atómico. La cuestión no es tanto esto de los consejos, muchos parecen casi cosas de sentido común o casi razonables. La cuestión es el discurso del que da cuenta este texto. Absolutamente inconsciente y bienintencionado se aboga por la idea de una adolescencia del déficit, de la enfermedad y coloca a los padres en una solución absolutamente servil de cara a los adolescentes. Insisto seguramente muchos de estos consejos pueden ser de utilidad en el trato de un padre con un adolescente, especialmente si para el padre supone un problema el hablar con su hijo, pero lo que lee inconscientemente un adolescente es: mi padre hace cosas que no son habituales. Mi padre lee libros para tratarme. Mi padre de repente quiere jugar al Tangram. Soy lo más importante. Todo gira en torno a mi. Osea no tengo falta ninguna. Consecuencia angustia. Por lo tanto es un libro para apaciguar la angustia de los padres pero que paradójicamente puede generar más angustia en el adolescente. Por supuesto hay más maneras de tratar a un adolescente. Y no se crean es algo que se ha planteado mil y una veces a lo largo de la historia. Les voy a leer algunas de las ideas que Montaigne, en sus Ensayos, planteaba como imprescindibles para la crianza de un hijo. Estamos hablado de 1580 y no resultan para nada descabelladas. - Gustaríame que se procurase para su hijo un buen profesor que tuviese la cabeza antes bien hecha que bien atestada. porque , aunque se requieren las dos cosas, mas valen las buenas costumbres y el buen entendimiento que la ciencia. - No tome por principios los de Aristóteles, como no tomará los de los estoicos o epicúreos, sino propongalé esa diversidad de juicio y que el alumno elija, si puede, y quédese en duda si no. - Es opinión aceptada por todos que no conviene educar a un niño en el regazo de sus padres, porque el natural amor paternal enternece y relaja en exceso incluso a los progenitores más discretos. -Hágasele entender que condensar la falta que hay en su discurso, aunque sólo lo perciba él, es cosa de seso y sinceridad, que deben ser las partes principales que él busque. -El verdadero espejo de nuestros discursos es la marcha de nuestras vidas. Salvando la distancia de cinco siglos yo, personalmente, me quedo con Montaigne. Pero bueno, y para terminar, como hablo en calidad de clínico y no de crítico literario voy a hablar someramente sobre como se ve a los adolescentes desde la clínica. En este caso hay también dos maneras. Por un lado está la del manual de instrucciones que es la psiquiatría más oficial y por otro lado está la de Montaigne que es, quizás, más cercana al psicoanálisis. Para la psiquiatría las conductas de los adolescentes son en muchas ocasiones susceptibles de ser patologías. Sobretodo cuando los padres así lo viven. No es infrecuente escuchar la demanda de unos padres angustiados porque su hijo hace cosas que antes no hacía y luego escuchar a su hijo adolescente absolutamente normal diciendo mis padres no entienden nada. El problema es que últimamente muchos psiquiatras ya no interpretan. Recogen fenómenos los etiquetan y los medican. Si un adolescente dice "a veces me quiero morir" o "estoy supertriste" los padres se deslizan entre la angustia hacia una posición de yo no sé y terminan pidiendo ayuda a un psiquiatra ante la incapacidad para sostener la posición de yo sé. El psiquiatra escucha toma al pie de la letra y medica en consecuencia. El resultado es en muchas ocasiones yatrogénico. Especialmente si el adolescente en cuestión consume tóxicos. Ahí la vivencia de unos padres de ser malos padres de perder a su hijo, de los peligros de la droga etc… convierten la consulta en un "déle algo para que no sea así". Evidentemente no todos los psiquiatras medican bajo este frágil criterio pero es un hecho que la psiquiatría ante el hecho adolescente se ha convertido en un taller experimental de psicofarmacología. Para que se hagan una idea: el otro día acudí a dar una charla a Lanzarote y allí escuché a Antonio Olives, un psicólogo de Santiago. Antonio es un tipo muy riguroso que analiza todos los estudios y ensayos que se publican sobre medicación. Nos explicó que por ejemplo que en Texas, el 20% de la población adolescente está medicada. A menudo poli-medicada. Yo no conozco ninguna enfermedad mental que afecte a un 1/5 de la población. De hecho no hay ninguna enfermadas que afecte a 1/5 de la población. Salvo la tontería quizás. Por tanto la prevalencia parece que tiene que ver con el discurso. Con la incapacidad para vehicular la queja y el malestar adolescente de otra manera. Evidentemente hay otras maneras de dar una salida a los adolescentes. Una otra manera es el psicoanálisis. El psicoanálisis a este nivel se alía muy bien con los adolescentes porque los dos tiene un carácter subversivo. El psicoanálisis ofrece simplemente la posibilidad de escuchar lo único, lo singular. Y el adolescente si algo necesita es encontrar la singularidad. Un lugar donde poder armar un discurso sobre si mismo. Un espacio donde poder hacer orgullo de su síntoma y no dejarse comerciar por el discurso. Bueno, para terminar voy a leer unas líneas del libro Adolescencias porvenir de Fernando M. Adúriz, que resumen muy bien las dos posiciones clínicas a la hora de tratar con un adolescente: Hay dos maneras de enfocar la cura del adolescente: poniendo el acento sobre la identificación, siempre demasiado frágil del adolescente o poniendo el acento sobre el deseo. En la actualidad, el discurso contemporáneo consiste sobre todo en decir: “Reforzad sobre todo vuestra identificación”. Ser adulto es haber acabado la formación de este ego fuerte. A partir del momento en el que el sujeto está siempre inacabado, presentará necesariamente un trastorno de la identidad. En efecto, el yo fuerte exigido por la sociedad es un yo susceptible de tener una identidad cambiante. En consecuencia, desde fuera se persuade al sujeto para que se adhiera a tal o cual identidad, lo que le desangustia tanto como el carácter inestable de esta identidad restaura la angustia...O bien se elige la identificación o bien el valor de la desidentificación y del deseo».